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¿Eres cholo y no lo sabes?

¿Eres cholo y no lo sabes?

 

Hace unos días me encontraba absorto en mis meditaciones cuando un compañero de clase se me acercó y me dijo “¡Maestro!”. Levanté una ceja. Luego prosiguió. “Oye, entré a tu página, ‘ta que me he cagado de risa. ¡Cómo los haces mierda a los cholos!” Esto llamó mi atención, de manera que me digné a dirigirle la palabra. “Pero Jhonhy”, le dije, “tú eres cholo.” Esto le hizo perder la sonrisa estúpida. “Pero en tu página dijistes que no era cuestión de raza…”, me increpó. A continuación les ofrezco una lista de las razones que le di a Jhonhy para justificar mi afirmación. Tal vez puedan reconocer algunas de estas características en ustedes mismos y dejar de cagarse de la risa cada vez que los insulto, cholos. Y borren esa sonrisa esa estulta sonrisa de su rostro.

 

Eres mayor de edad y tu nombre está mal escrito.

Si tus padres tenían tal carencia de neurotransmisores que no pudieron averiguar cómo se escribe el nombre que pensaban ponerte, eso es un error que solo tenías que soportar hasta los dieciocho. El hecho de que sigas ostentando un himno a la ignorancia como nombre de pila quiere decir que: a) no sabes que tu nombre está mal escrito; o b) eres tan ocioso que no quieres ir a cambiarlo. De cualquier forma eres cholo.

 

No sabes conjugar en segunda persona del singular.

Vinistes, vistes, vencistes… Si dejas de ver “talk-shows” en el 4 y te pones a estudiar castellano tal vez aprendas a hablar como persona.

 

Usas zapatillas de básquet para el diario.

No importa cuánto te costaron, el hecho de que las uses todos los días y no hayas practicado este deporte en tu perra vida te convierte en un cholo. Incluso es más cholo que usar zapatillas de “fulbito”, puesto que al menos cabe la posibilidad en cualquier día de que vayas a jugar un partido. Al menos corresponden a un deporte que se juega en el Perú con una frecuencia que justifica su uso precautorio. Si usas zapatillas de básquet, no solo eres un cholo: eres un cholo alienado.

 

Te muestras excesivamente lascivo cada vez que ves a alguien del sexo opuesto.

Silbidos, “piropos”, comentarios groseros. ¿Qué otra cosa se puede esperar de un cholo? Y ni siquiera son suscitados por la belleza. Los cholos carecen de este concepto. Por lo tanto les es más simple reaccionar a las dimensiones. Si ven un par de nalgas gigantescas, ya están silbando y haciendo sus payasadas, sin importar su forma o contenido (o dueña/o). Y si tienes la desgracia de estar cerca, te invitan a participar: “Oye, mira, que tal culo. ¡Que tal culo! ¿No?”. No. Eso que emerge de encima de las piernas de esa chola obesa es resultado de todas las tortas de chantilly que ha ingerido en el transcurso de su cetácea existencia, en un intento por calmar la ansiedad que le causa no saber qué va a pasar en el siguiente capítulo de su telenovela mexicana/venezolana. Cholos, déjense de estupideces. Tienen mal gusto y lo saben. No me inviten a compartir sus “hallazgos” cuando voy en un taxi. Cállense y manejen. Y mantengan los ojos en la pista. Porque si eres cholo aceptarás que

 

Cualquier estupidez excita tu curiosidad.

         Mientras se construían las nuevas rampas de acceso a la Vía Expresa de Paseo de la República, el tráfico siempre estaba estancado a la altura de las obras. La primera vez que tuve que pasar por este atollo pensé que el desastre se debía a que habían cerrado un carril. Pero no. Las obras progresaban tranquilamente a un lado de la pista sin obstruir el tránsito. Sin embargo, los carros pasaban por el lugar a una velocidad promedio de 3 kilómetros por hora, y luego, diez metros más allá de la construcción, mágicamente, retomaban su velocidad normal y proseguían su camino como si nada hubiera pasado. Todo esto hubiera sido muy difícil de comprender para un ser humano, pero mi aguda capacidad de observación dio cuenta de Jhonhy en el auto de al lado, embobado, mirando fijamente los trabajos con la cara pegada al vidrio de la ventanilla. Entonces comprendí. Acababa de perder diez minutos de mi vida (e iba a perder muchos más en el transcurso de la manufactura de esta nueva y muy necesaria rampa) porque la manada de cholos que circulan por esta avenida no pueden evitar detenerse y avanzar muy lentamente (como si  un centímetro por minuto hiciera alguna diferencia, bien pudieron haberse estacionado a mirar los camioncitos comiendo un barril de “pop corn”) cada vez que ven algo ligeramente fuera de lo usual (un choque, un rescate, un policía multando a un infractor, un cholo trabajando, etcétera). A veces el simple hecho de ver a otros cholos mirando algo es suficiente para causar esta reacción: el cholo ve a los otros, se detiene por puro instinto, no sabe qué están mirando pero permanece ahí de todas maneras, mirando a los otros mirar. Y así se establecen cadenas gigantes de cholos, los unos mirando a los otros que a su vez miran a otros mirar a los que están mirando a los miradores. Va más allá de la comprensión humana…

 

Lees textos que claramente te insultan y te cagas de risa como si no fuera contigo.

         Cada vez que escribo lo hago pensando en que quiero ver muertos a ti y a todos los representantes de tu horrible anticultura. Algún día contrataré a un cholo para que se quede mirando el vacío, y cuando todos los cholos del mundo se hayan congregado a mirar, ¡pum!, mil parlantes descargarán sobre ellos 200 decibeles de música clásica. Puedo verlo: la furia de Beethoven, Wagner y Mussorgsky acuchillándolos, desintegrándolos, matándolos lentamente por sobredosis de cultura…

 

Regresar a adorarme…